La Navidad

La Navidad

La Navidad vista a través de los ojos de los niños y niñas es una de las cosas más especiales que hay. Generación tras generación, el espíritu navideño sigue creciendo dentro de cada uno de nosotros y cada familia, cada casa, la celebra a su manera.

Con el paso de los años, las tradiciones han ido cambiando y ahora muchos niños reciben sus regalos de Papá Noel, cuando antes los pequeños tenían que esperar hasta la noche del 5 de enero, forjando su paciencia y resiliencia, pero todo ello merecía la pena por la recompensa tan maravillosa que les aguardaba el mágico día 6.

En nuestro pueblo, como en muchos otros lugares, la Navidad es un tiempo de reflexión, de agradecimiento, de celebración en familia, de diversión, de color.

En el viaje de hoy, me gustaría acercarme a los recuerdos de varios niños y niñas de Purchena que han llegado a mí por los duendecillos que se esconden en el cajón de calcetines de todas las casas, o en el tronco de los árboles de las plazas, o en el bote vacío de la sal y la pimienta. Porque sí, los duendecillos están por todas partes, viendo lo que hacemos durante el año, apuntando nuestros aciertos y nuestras meteduras de pata para hacer un cómputo final el día de Nochevieja, y todo esto sin que nosotros nos enteremos de nada.

Ellos, como la magia, existen, y solo aquellos con la mirada más limpia y pura podrán, una vez solo, ver el rastro de purpurina que dejan cuando alzan el vuelo en mitad de la noche…

Nuestro siguiente protagonista, Manolo, que entonces contaba con solo 8 años, me contó que vio una vez al duendecillo verde que vive en el órgano de la iglesia.

Era el día de reyes del año 1970. Hacía un frío aterrador, los pocos coches que estaban aparcados en las calles del pueblo ya tenían una capa gruesa de escarcha encima cuando los niños fueron a la iglesia a recoger los regalos que les habían traído sus majestades los Reyes Magos de Oriente.

Los niños de entonces, también Manolo, no iban muy bien abrigados aunque fuera invierno e hiciera mucho frío. Aquel día, el chico llevaba unos pantalones cortos con un jersey de ochos de color rojo y unas calcetas amarillas. Los zapatos con un agujero y las rodillas echás abajo, como se dice aquí, de alguna caída. Encima, una trenca color marrón y una bufanda tricotada por su abuela.

La vida en aquellos años no era tan buena como ahora. La gente trabajaba muchas horas para vivir dignamente, y la mayoría de las familias se apretaban el cinturón para que todos los  hijos, que también eran más que ahora, crecieran sanos y fuertes. Tampoco podían permitirse tantos lujos. Por lujos se entiende, igual, unos chocolates o unas ropas mejores.

Así es que los niños no tenían tantos juguetes, por lo que cualquier detalle que les trajeran los Reyes Magos ya era todo un acontecimiento. En las semanas previas al Día de Reyes, a todos los niños y niñas de Purchena se les ponían los ojos de bolilla cuando pasaban por el escaparate de Pepe Gómez lleno de balones de reglamento, muñecas, indios y camioncillos.

El pequeño Manolo, que miraba expectante al lector de los nombres en el púlpito de la iglesia, estaba muy nervioso por escuchar el suyo para recoger lo que le hubieran traído. Cruzaba los dedos para que se lo entregara Gaspar, su favorito.

Diez o quince niños recogieron sus regalos, y los reyes se levantaron de sus tronos con parsimonia cuando el lector, que era el monaguillo de siempre, enrollaba el pergamino y se empezaba a bajar del altar.

Así es que no había nada para Manolo…  Cabizbajo, salía ya hacia la calle cuando alzó la vista y vio un polvito dorado en suspensión en la baranda del coro de la iglesia. Parpadeó varias veces hasta que vio a un pequeño bicho meterse por un tubo del órgano, no sin antes, le pareció a Manolo, saludarle con la mano. Sacudió su cabeza varias veces y se frotó los ojos. ¿Qué era lo que acababa de ver?

Salió de su ensimismamiento cuando alguien le tocó en el hombro. Era el Rey Gaspar, con sus barbas castañas y sus inmaculados guantes blancos. Manolo intuyó en la mirada de su majestad un aire familiar. El bigote pareció movérsele y el rey Gaspar se lo ajustó mientras se le escapaba una risilla y le tendía la mano al niño. Entonces le dio una naranja, y a Manolo se le iluminó la mirada. Cogió la naranja y salió corriendo hacia su casa, sin poder creer el regalo que le habían hecho sus majestades, y esa noche no pudo dormir de la emoción y el agradecimiento.

¡Una naranja! ¡Una naranja! —no dejaba de repetirse a sí mismo. ¡Los Reyes Magos se habían acordado de él!

Muchos años después, tres niñas que volvían de sus clases de música en el conservatorio, Ana, María José y Alejandra exclamaron con la misma ilusión al entrar por el puente de Purchena: “¡Una estrella! ¡Una estrella!” —refiriéndose a la gran estrella dorada y brillante que se postraba sobre las faldas del cerro del castillo de Purchena como portadora de buenas nuevas y prosperidad.

La estrella hacía parecer al pueblo una auténtica aldea del Medio Oriente de hace muchos años; Purchena, bajo la inmensidad del cielo del invierno evocaba más que nunca a Belén, al nacimiento; las casitas blancas con teja roja cobijadas bajo el manto de pinos de los Filabres.

¿Y sabéis lo más curioso de toda esta historia? Que exactamente la misma expresión, “¡Una estrella! ¡Una estrella!”, exclamó la Cuadrilla de las Ánimas en la Nochebuena del 1942 cuando una estrella fugaz atravesó el firmamento de aquella noche.

Los que la vieron pidieron un deseo, secreto y querido para cada uno de ellos, y continuaron cantando con las carracas, la mandolina, el guitarrillo, las panderetas, los platillos y la zambomba pidiendo el aguinaldo…

A tu puerta hemos llegado, a pedirle una limosna

para luego entregarla a la señá mayordoma.

A la señá mayordoma, dale un marrano jaro,

las orejas, las costillas, el espinazo y el rabo.

Dale, dale su santa limosna a las ánimas benditas

Dale, dale su santa limosna que son pobrecitas.

A las ánimas benditas, no hay que cerrarles la puerta

Con decirles que perdonen, ellas se van muy contentas.

Ellas se van muy contentas, dales limosna por Dios

A las ánimas benditas, que la piden con dolor.

Dale, dale su santa limosna a las ánimas benditas

Dale, dale su santa limosna que son pobrecitas.

Repara y verás, el cuadro, de las ánimas benditas

Y verás qué amargo llanto, que llevan las pobrecitas.

Que llevan las pobrecitas, dales limosna por Dios

A las ánimas benditas, que la piden con dolor.

Dale, dale su santa limosna a las ánimas benditas

Dale, dale su santa limosna que son pobrecitas.

A tu puerta hemos llegado cuatrocientos en cuadrilla

Si quieres que te cantemos, saca cuatrocientas sillas.

Saca cuatrocientas sillas, y una limosna por Dios

A las ánimas benditas, que la piden con dolor.

Dale, dale su santa limosna a las ánimas benditas

Dale, dale su santa limosna que son pobrecitas.

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