El Museo de todo un pueblo

El Museo de todo un pueblo

Foto: Campesinos en Andalucía

Todos los personajes del lienzo le miraban a él, a José. Él no podía dejar de desplazar sus ojos de derecha a izquierda, de un rostro a otro. Cada uno de ellos le inspiraba una sensación diversa. Dulzura, intriga, repulsión. Había también cuadros dentro del cuadro, una monja y hasta un perro. José sentía el movimiento de gente a su alrededor, especialmente de niños, algunos le gritaron que si se salía fuera a jugar, pero él tenía la mirada fija en el caballero del fondo, el que tenía una pierna en el escalón, más allá del quicio de la puerta, con el brazo sobre una pared cubierta con una cortina. ¿Adónde iría? ¿Por qué no posaba con el resto de la familia?

Eran ya casi las dos de la tarde y José no se había movido de la sala en toda la mañana. Había visto rápidamente el resto de los cuadros, pero llevaba ya un buen rato frente a este. Los forasteros que habían traído los cuadros empezaron a cerrar las contraventanas de la sala: se iban a comer.

Un elegante señor con bigotillo y abrigo largo se acercó a José. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, torciendo la cabeza y frunciendo el ceño para intentar descifrar el oscuro y gran cuadro que se erigía en el fondo de la sala donde tenía lugar la escena, a la derecha.

— ¿Te gusta el cuadro?
— Sí, pero, ¿qué pinta el pintor?
— Nadie lo sabe con certeza. Unos dicen que está pintando esa misma escena, a la infanta Margarita y las meninas; otros que nos está pintando a nosotros, los espectadores del cuadro, porque Velázquez era un adelantado a su tiempo. ¿Ves el espejo que hay al fondo, donde están el hombre y la mujer? Son el rey y la reina. Se dice también que Velázquez podría estar pintando su retrato, por eso se reflejan en el espejo.
— Yo creo que no está pintando nada, sería para hacerse el interesante.

El señor rio para sí. Le dijo que si le gustaban los demás cuadros de la exposición. José los había visto muy de pasada, así que no podía responder a esa pregunta con honestidad, y él sabía que las preguntas habían de responderse solo con honestidad.
Silencio.

— Vaya, ¿eso quiere decir que las demás no te gustan o que esta es tu favorita?
— Que esta es mi favorita. El perro me recuerda al del cortijo Munuera. Pero ese es más singracia, el del cuadro parece más manso, porque le están dando una patá y no se revuelve.

Otra vez rio el señor del bigotillo. Le dijo que ese cuadro era una de las obras maestras de la historia del arte, pero que había otros muchos en la sala que merecía la pena ver. Le explicó a José que eran reproducciones del Museo del Prado, que estaba en Madrid, y que los originales eran auténticos tesoros y, de llegar algún día a venderse, costarían una fortuna.

Se pararon frente a un cuadro más oscuro y enseguida José dijo que ese no era del mismo pintor. El niño cruzó las piernas y entrelazó sus manos mientras que hacía gestos de desaprobación con la boca.

— ¿Por qué este pintor tuvo que pintar a gente muerta, y al de blanco, que está cagao de miedo? Los cuadros tienen que ser hermosos, porque si los vas a poner en tu casa, cómo vas a tener uno así con sangre y muertos y soldados.
— Pues Goya pintó esto porque fue un momento importante para nuestra historia. Los franceses fusilaron a mucha gente de Madrid que protestaba por la invasión francesa el 3 de mayo de 1808, y esto hay que recordarlo para que no se nos olvide. Además, estos cuadros están en un museo, y hay gente a la que le gusta tenerlos en sus casas. En la muerte y la sangre también puede haber belleza, aunque tú ahora no lo comprendas. Vamos a ver el siguiente.

A José se le pusieron los ojos como platos. Dio un paso atrás cuando llegaron al cuadro que estaba en una esquina de la sala. Antes no lo había visto porque había mucha gente que se agolpaba frente a él, y además habían puesto como un biombo con una cortina negra a un lado del cuadro.

— Saturno devorando a su hijo. Sé que da impresión, pero no temas. Es una alegoría del paso del tiempo.
El señor vio a José fruncir el ceño de nuevo, y cayó en la cuenta de que no podía usar ese lenguaje con el niño.
— Lo que quiero decir es que lo que ves en el cuadro no es real. Es como un cuento que se inventaron los griegos hace mucho, muchísimo tiempo para explicar cómo va pasando el tiempo y nos vamos haciendo viejos en contra de nuestra voluntad, aunque no queramos.

— ¡Ramón! ¡Ramón! Vamos a comer, saca al niño y luego si quieres le sigues explicando. En la plaza hay una mujer que está buscando a su hijo, a ver si es éste al que busca—dijo una señora desde la puerta.

— Ya lo has oído, ¿eres tú José?—preguntó al niño.
— Sí, soy yo. Mi madre me va a matar.
— Anda, corre. Luego puedes venir otra vez. Estaremos aquí hasta el viernes que viene.

José fue todas las tardes, después de la escuela, a ver Las meninas. Cerraba los ojos y se imaginaba lo que el pintor se podía traer entre manos con aquel gran lienzo. No se volvió a asomar detrás de la cortina donde estaba el hombre que se comía el tiempo.

El día de su partida, José le estrechó la mano a Ramón, el hombre del bigotillo que también era pintor, por cierto. El señor se sacó del bolsillo de su elegante abrigo una copia en miniatura del cuadro favorito de José, y se la entregó.
— Para que nos recuerdes siempre, a nosotros y al Museo del Pueblo, y para que encuentres en el arte de Velázquez un poco del sentido de la vida.

José los vio irse de Purchena en la camioneta vieja llena de cajas grises, maletines y bolsas de viaje.
El señor Ramón, de apellido Gaya, prosiguió su viaje didáctico y pedagógico hacia otros pueblos de la provincia de Almería y Murcia. Viajaba junto a sus compañeros el poeta Luis Cernuda, la filósofa y ensayista María Zambrano, el escritor, poeta y periodista Antonio Sánchez Barbudo y el escritor Rafael Dieste.

La exposición del Museo del Pueblo, también llamado Museo Circulante o Ambulante estuvo en Purchena del 4 al 9 de marzo de 1934, acercando el arte a las zonas rurales más aisladas de aquel entonces, con el convencimiento de que la cultura es universal. Esta iniciativa formaba parte de las Misiones Pedagógicas, puestas en marcha por el Gobierno de la Segunda República. Las Misiones Pedagógicas fueron un proyecto de solidaridad cultural que también llevaron a los pueblos representaciones teatrales, proyecciones de cine, coros, guiñol, cursos para maestros y apertura de bibliotecas, entre otras actividades.

Nota de la autora: no todas las reproducciones de los cuadros mencionados en este relato se expusieron realmente, aunque sí lo hicieron algunos de los mismos pintores como Las hilanderas de Velázquez y El 3 de mayo en Madrid (también conocido como Los fusilamientos) de Goya.

Descripción de Purchena, Memoria de la Misión Pedagógico-social en Sanabria (Zamora), 1935 | Patronato de Misiones Pedagógicas
Fecha de las exposiciones del Museo del Pueblo, Memoria de la Misión Pedagógico-social en Sanabria (Zamora), 1935 | Patronato de Misiones Pedagógicas
Donativos de reproducciones de obras por pueblos, Memoria de la Misión Pedagógico-social en Sanabria (Zamora), 1935 | Patronato de Misiones Pedagógicas
El pintor murciano Ramón Gaya explica las obras a varios asistentes
Mujer posa ante la cámara en una de las exposiciones
Cuatro mujeres observan Los fusilamientos de Goya
Exposición del Museo Circulante en Marbella, 1934
Noticia sobre la puesta en marcha del Museo Circulante en el Diario de Almería, 25/10/1932
Cartel de las Misiones Pedagógicas – Museo del Pueblo

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