

Un viajero inglés en la Posada
Mis queridos amigos:
Hoy no seré yo quien os relate algo sobre Purchena. Habéis de saber que en siglo XIX, numerosos viajeros de otros países europeos sintieron una insaciable curiosidad por descubrir las regiones más exóticas y lejanas de la época. Muchos viajaron al Medio Oriente, a Asia, y otros tantos al Mediterráneo. Solo los más privilegiados podían emprender el viaje por carretera desde el Reino Unido, Francia o Alemania, y quedaban tan fascinados por las realidades tan diversas y auténticas que encontraban, que fueron apodados los viajeros románticos.
Granada, Ronda o la imperial Madrid estaban en su lista, pero quién nos diría que también uno de ellos visitó Purchena. El viajero inglés Samuel Edward Cook recorrió nuestro país durante varios años, desde el 1829 al 1832. Cayó en cierto modo en un estado de embriaguez cuando se encontraba en España, y describió no solo el funcionamiento político y económico de la época, sino que se fijó también en las vestimentas, las clases sociales, el carácter y la cultura de numerosos pueblos de la Península.
Sin más dilación, os dejo con la transcripción de su breve paso por Purchena, que fue solo de una noche, pero en el que no dudó en regalarnos bellas palabras y un recuerdo que, gracias a su escritura, será indeleble y siempre recordado. Gracias, amigo Samuel.
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El área que incluye las partes marítimas del reino de Murcia y la porción occidental de Valencia, con el extremo oriental de Andalucía más allá de la influencia de Sierra Nevada, es el más seco de Europa; a veces está nueve o diez meses sin lluvia; el vapor es detenido lejos en el interior por la Sierra de Segura, que forma su barrera al norte.
Posee ventajas inigualables para la agricultura, pero no hay pantanos, por lo que casi toda la región, excepto el valle del Segura, es como un desierto africano. Ningún lugar, a excepción del puerto, puede ser más inadecuado para una estación naval. No hay recurso alguno a mano, excepto la madera de pino de la Sierra de Segura, que sólo es apta para usos interiores, y, como todo en la marina de España, se asemeja a una planta exótica o forzada, y se ha hundido a medida que se ha retirado el enorme gasto con el que se sostenía. El lugar está totalmente deteriorado. No pude procurarme un caballo, y me vi obligado a geologar a pie.
Al no poder alquilar animales para cruzar las montañas, tomé una tartana, y me dirigí por el camino de carruajes a Almazarrón, que es un pueblo grande en un valle, a una legua del mar, y goza de un aire más templado y saludable que Cartagena. […] Alquilé mulas para Almería, con la intención de seguir por Macael y Purchena.
[…]
Pasamos por algunas aldeas miserables en las ubicaciones más encantadoras. El camino era principalmente por el lecho ancho y pedregoso del río. Por la tarde llegué a Almanzora, donde se encontraba el palacio favorito de los reyes de Granada. Se encontraba en un pequeño montículo, y el río lo bañaba al pie. Un amplio cortijo, o casa de campo con oficinas agrícolas, construido en el siglo pasado, ocupa ahora el lugar, y no queda ni un fragmento morisco. Todos los árboles han sido cuidadosamente eliminados, y ahora se encuentra en medio de un desierto abierto. Las aldeas situadas más arriba están mejor construidas, pero no pude ni conseguir vino, aunque la región es famosa por ello. Alcanzamos un convoy de mulos, y al comprobar por su jefe que pertenecían a Macael, como mi guía ignoraba el camino, me uní a ellos; cruzamos el río por encima de Cantoria, a una legua por debajo de Purchena, y ascendiendo por una zona montañosa llegamos a Macael, un pueblo célebre desde los tiempos de los moros por sus canteras de mármol estatuario. Envié a buscar al maestre de canteras, y comprobando que no tenía tiempo para ver las canteras esa noche, decidí dormir en Purchena y volver por la mañana. Nada podía superar la amabilidad de estas gentes, sumamente pobres, con una mina capaz de enriquecer a toda la comarca, que ahora es perfectamente inútil y poco rentable. Me presionaron tanto para que me quedara con ellos, que me costó mucho trabajo irme. No había posada, pero decían que ni a los hombres ni a las mulas les debía faltar nada. Sus dificultades aumentaron por un nuevo y arbitrario impuesto que el Corregidor de Baza, bajo cuya jurisdicción se encuentran, impuso recientemente, de un dólar por fanega sobre toda semilla de maíz sembrada, y recaudado en la forma habitual en España antes de ser puesta en la tierra; un impuesto terrible y ruinoso, especialmente en una parte del país donde las cosechas de maíz dan un rendimiento muy incierto, además de los otros pesados cargos; pero no tenían remedio y se vieron obligados a someterse. El pueblo está en un barranco, con un hermoso arroyo de agua, del que no se hacía ningún uso, y no tenían la menor idea de aserrar o pulir el mármol. Arreglé con el maestre para encontrarme con él por la mañana, y fui a Purchena, que estaba ansioso de ver. Está a una legua de distancia. Al entrar en el pueblo pregunté a una anciana si había una posada. «Si señor, hay una, nueva, hermosa».
Tenía un aspecto muy atractivo, pero el interior resultó ser un mero cascarón, ya que toda la parte trasera estaba inacabada, y la única habitación habitable estaba ocupada por un viajante de comercio. Me dispuse a dormir en el espacio abierto de la entrada, y pregunté qué se iba a cenar; ¿había cordero? «¡Silencio! habra«. «¿Vino?», que es celebrado. «Sí, también, habra, pero no diga v. nada.» El significado de esto era, que había un monopolio de estos artículos en el lugar, muy probablemente por el Ayuntamiento, y que los artículos que se vendían públicamente eran caros y malos, y debían ser adquiridos en otras partes. Cuando me retiraba a descansar, vino un alguazil a decir que el alcalde deseaba verme. Era un caballero, pues el lugar era de cierta importancia. Me hizo algunas preguntas muy amablemente, lo cual estaba justificado, ya que los tiempos eran muy críticos y yo estaba fuera de la ruta directa y en un lugar muy poco visitado. Le expliqué mi objeto, y me dijo «Pero que necesita v. en la Península?.» Le contesté que tenía permiso de mi gobierno y del de España para viajar, lo que supuse suficiente. Al instante me dio el pasaporte, que ya estaba firmado; diciendo «vaya v. con Dios». Purchena, que posee un gran interés histórico, por ser la residencia del Rey Chico tras la rendición de Granada, está situada al pie de la Sierra de Filabres, el hombro oriental de Sierra Nevada. El castillo en ruinas ocupa un elevado acantilado en la parte posterior, y debajo de él se encuentra la confluencia de dos brazos del Almanzora. El campo es hermoso, pero ahora está casi totalmente desprovisto de árboles. La ciudad, que contaba con siete mil casas en la época de los moros, ahora apenas cuenta con cuatrocientas. La situación es de gran importancia, ya que domina todo el valle del Almanzora y el mar por el sur, una fácil comunicación con Baza y con Lorca por Cuevas, así como dos líneas de carretera hacia Almería y las minas de la Sierra de Filabres. En el transcurso de la noche se reunieron diversos personajes del pueblo. Me esforcé por conseguir información sobre la ruta para el día siguiente, con la intención de cruzar directamente desde las canteras de Macael hasta Almería. Los mapas no sirvieron de nada. No había dos relatos que coincidieran. Nadie sabía más que el camino que siempre frecuentaban, que era una línea más arriba de la Sierra; y representaban el otro impracticable, o lleno de ladrones: no podían estar de acuerdo en la distancia dentro de varias leguas, y tuve que seguir mi propio plan y confiar en el azar de encontrar una línea en la dirección que había planeado. Por la mañana volví a Macael, llevando a Antonio Vicarro, el maestre de Canteras, y a un guía para que me pusiera en la ruta de Almería.
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Samuel Edward Cook prosigue su viaje por la sierra hacia Almería, tras lo cual emprende la subida hacia las Alpujarras.
La Era Victoriana fue un período de gran esplendor para Inglaterra en particular, pero yo solo puedo estar feliz de que Samuel Cook nos visitara y dejara su huella en nuestro pequeño y escarpado pueblo.
Cuidaos mucho,
Clarita
