Grippe

Grippe

Estamos entrando en la recta final del año y parece que hay que comenzar a hacer balances, ¿no os pasa? Yo llevo haciéndolo más de cuatro cientos años y os puedo asegurar que no hay año igual.

Hoy pensaba en mi día a día, en las vidas cotidianas de las purcheneras, en el mercado de los jueves, con sus churros y sus vendedores ambulantes que tan ameno hacen ese día de la semana. Y me ha dado por echar la vista atrás. Qué ironía, con la facilidad que tengo yo de poder viajar al futuro. Me quedo siempre con el pasado. Me ayuda a reflexionar y a ver las cosas desde otra perspectiva. A relativizar las cosas, a seguir teniendo esperanza por lo que vendrá.

Pensaba hoy mismo en el lapso de los últimos dos años que paralizó el mundo y que ha hecho que nos despertemos en un panorama posmoderno. No os voy a engañar, no echo de menos los confinamientos ni prácticamente ninguno de los acontecimientos del 2021 ni del 2020 (menos mi cumpleaños, y el aniversario de los Juegos Moriscos).

Las restricciones para viajar también se pusieron en marcha en el Concilio del Tiempo, y las entrañas de Purchena llegaron a ser aburridísimas sin las visitas de ninguno de sus viajeros habituales como las de mi buen amigo Abén o las de mi madrina Brianda. Y, por fortuna, nosotros los inmortales, los supervivientes de la memoria, no tenemos que sufrir ninguno de los pesares de la materia física, aunque bien sabemos que los del alma pueden llegar a ser incluso más dolorosos.

Con esto me refiero a que, en aquellos dos años que, sin ser lejanos, bien lejos los queremos, no estábamos bajo ningún peligro de contagio de la enfermedad que aterró al mundo durante meses.

Como tampoco lo estuvimos en la última gran pandemia: la de 1918.

Corría el mes de septiembre de aquel año cuando la gente comenzó a caer enferma de manera repentina y sin aparente motivo. Se empezó a murmurar en nuestro pueblo que la causa podría estar en el agua que se usaba para los cultivos o en alguna plaga que había atacado a las cosechas.

El terror se apoderó de las familias que veían cómo la totalidad de sus miembros padecían de estómago y tenían fiebres bastante altas, cuando las madres, que cuidaban del resto, caían también enfermas y no podían hacerse cargo de sus niños y tampoco de sus mayores. 

Recuerdo pulular por Purchena con preocupación yo también, pues a la gente se la veía verdaderamente angustiada y nerviosa. Recuerdo perfectamente el caso de una familia que vivía en la calle La Manga. La mujer de la casa, Juana, era viuda. Tenía dos niños pequeños, y en la casa también estaba la abuela. La primera en enfermar fue Juana. Lo supe porque vi bajar la cuesta a los chiquillos corriendo en busca de ayuda en la plaza. Su madre tenía unas fiebres muy altas y no había forma de bajársela.

Al día siguiente, la abuela también estaba en cama. Vi a muchos vecinos subir por la calle La Manga con hogazas de pan y mantas de lana. Era viernes por la tarde y al menos había ocho personas delante de la casa de Juana. Otra vecina había hecho un potaje y les traía un poco a las enfermas. Ella fue la única que entró en la casa, con la olla, el pan y las mantas: los demás prefirieron no pasar. Llegó el domingo y la chiquilla de Juana también enfermó. En cuestión de una semana, abuela, madre y nieta habían fallecido. El chico se quedó huérfano.

Para él, la vida ya nunca sería igual.

El 16 de septiembre el inspector interino de Sanidad visitó nuestro pueblo de urgencia para constatar el estado de emergencia que reinaba aquí. Imagínense: más de 300 enfermos en un pueblo sin médico titular. Por aquel entonces, los cadáveres todavía se llevaban al hombro; insalubre práctica que se vio abolida, o al menos recomendada de evitar, en los primeros días en que la infección se fue abriendo paso, y a la que se denominó “grippe”, con dos pes.

Al igual que a partir del 13 de marzo de hace ya dos años, se decretó el cierre de las escuelas y se ordenó un saneamiento de las calles y zonas públicas del pueblo para evitar contagios entre la población. La profilaxis que se adoptó fue el lavado de boca y nariz, y la desinfección de  las ropas y los espacios concurridos.

Para el 26 de septiembre de aquel 1918, ya había escasez de medicinas y alimentos.

La parte más afectada de toda la provincia era precisamente el Valle del Almanzora. La grippe se presentaba con intensos dolores abdominales y no tenía efectos cerebrales en primera instancia; en la incertidumbre e ignorancia respecto a la misma, se creía que podía tratarse de tifus.

Para principios de octubre de 1918, el señor Ferret, que ahora sí, es Inspector de Sanidad de la provincia, afirma en sus informes oficiales y en declaraciones a la prensa provincial, que la situación está mejorando en nuestro valle y que en cuestión de dos semanas se podrá dar por extinguida la grippe en los pueblos epidemiados, entre los que se encontraba Purchena.

Recordemos que aquí no había médico titular. Médicos de la Beneficencia Municipal de Almería capital se desplazaron aquí para hacerse cargo de un municipio sumido en el pánico y en la más oscura de las circunstancias que pueden asolar al ser humano: la enfermedad y la muerte. Los facultativos don Miguel de la Cára y don Manuel de Villasante atendieron a los enfermos y a los afectados por la grippe, en la que el inspector de Sanidad definió como una “labor brillante”.

No obstante, las muertes registradas en Purchena en aquellos últimos meses de 1918 fueron 49, de las cuales nueve eran niños. Pensemos por un momento en lo que esas 49 defunciones hubieran supuesto en los primeros meses de 2020. Sin duda un número estremecedor de pérdidas humanas que, en un municipio como el nuestro, hubiera sido terrible.

Mucho tuvimos que agradecer los purcheneros a aquellos profesionales de la sanidad de 1918.

Ahora bien: retrotraigámosnos a marzo o abril del 2020, cuando salíamos todos al balcón o a nuestras terrazas o ventanas a aplaudir a los sanitarios por su gran labor en el lóbrego escenario que se estaba viviendo en nuestro país. Una epidemia sin precedentes, sin vacuna. Un virus, para algunos, con clara cédula de identidad asiática, padre Gobierno Chino, madre Probeta de laboratorio de Wuhan; un virus con capacidad de elegir a su ocupante, qué listo el virus… Pensemos en nuestros vecinos comentando el arbitrario orden por el cual algunos se contagiaban y otros no.

Pensemos en aquellos meses en que la gente dejó de tener rostro, y pasó a tener manos plastificadas o bien irritadas por las cantidades de gel hidroalcóholico que les poníamos. Y la parte más triste: las muertes y las pérdidas humanas que, sin lugar a dudas, son siempre irreparables…

Yo recuerdo aquellos meses como si de un mal sueño se tratase. No sé si os pasa a vosotros también. Este 2022 ha sido bastante bueno conmigo y he vuelto a pasar dulces momentos, especialmente en los últimos días de julio, cuando vi a mi querido pueblo disfrutar tanto con la XXI edición de los Juegos Moriscos.

Puede que ya no le echemos tantas cuentas al Covid, o que se nos haya olvidado o hayamos querido olvidar cómo fueron aquellos días; pero en mi casa, mi familia siempre tenía a la mano proverbios y refranes de la sabiduría popular, de los cuales uno ejemplifica a la perfección lo que siento cuando pienso en todos aquellos profesionales de la sanidad, de la comunidad científica, y en definitiva, los que trabajaron en tiempos tan difíciles, que dice: “Aunque no te puedas permitir recompensar a quien te ayuda, al menos asegúrate de serle agradecida”.

Yo creo que todos nosotros podemos hacer algo más que estar agradecidos, y es asegurarnos de que todos aquellos que nos cuidaron en estos dos años no tengan que volver a la precariedad y a unas condiciones laborales injustas.

Os lo dice Clarita, que solo existe en la esfera del pensamiento y no tiene cuerpo, pero ha vivido ya muchos años, más de cuatro cientos.

Un abrazo,

Clarita

La Crónica Meridional (Almería). 16/9/1918 – La enfermedad que existe en Purchena

Nota de la autora: esta historia ha sido parcialmente ficcionada a partir de diversas notas de prensa.

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