Que se abra el telón

Que se abra el telón

Anoche no podía dormir. Di vueltas en la cama, leí un rato, me tomé un vaso de leche… Nada. A veces sufro de un insomnio inexplicable. Quizás sea el jet lag de los viajes en el tiempo. Este último ha sido de más de 120 años, ¡fiuuu! Casi nada.

El caso es que ya, aburrida, abrí los ojos en mitad de la oscuridad y desde mi cama se veía una luz discordante que parpadeaba e iluminaba el campanario de la Purchena de 2022. Hace ya unos meses que está así, dudo de si se trata de algún mensaje en clave o de una avería que ha pasado desapercibida.

En cualquier caso, al tratar de descodificar las señales luminosas con mis pocos conocimientos de Morse, no saqué nada en claro.

Cuando ya me di por vencida, me asaltó el pensamiento de la invención de la luz eléctrica, que me hizo reflexionar sobre la importancia que tiene hoy en nuestras vidas. En la última entrega, si os acordáis, os contaba la historia de un homicidio en una Purchena cuyo cariz todavía era sombrío y las cosas estaban iluminadas por las velas y los quinqués, ya que la electricidad tardaría aún en llegar. 

El sueño comenzó a picarme al rato, y al final cerré los ojos cayendo en una duermevela ligera. No sé si pasó mucho o poco tiempo, pero mi dulce duermevela se vio interrumpida por el bullicio alegre y el olorcillo y el chasquido de los faroles prendiéndose.

Desorientada, me pregunté a mí misma: —¿Faroles prendiéndose? ¿Cómo, he vuelto a viajar en el tiempo sin darme cuenta? ¡Cáspita, no puedo seguir durmiendo en otra época, podría no despertar nunca!—pensé asustada.

No tenía más remedio que bajar al pueblo y esperar a la hora de dormir de aquella tarde noche de un año aún desconocido para mí. Bajé a toda velocidad y vi que en la plaza se arremolinaba la gente en corrillos ruidosos y emocionados. Reinaba una especie de embriaguez absurda en todos los rincones de aquella plaza que comenzaba a iluminarse poco a poco.

Decidí salir de mi estado de invisibilidad y ponerme alguna vestimenta parecida a la que la gente llevaba, suerte que no desentonaría mucho.

Me acerqué al sereno, que encendía los faroles con mucho brío, y le dije:

—Buenas tardes, ¿podría decirme en qué año estamos?

El sereno, con churretes negros en su rostro extrañado, me dijo: —En 1920, señorita. Mejor no le pregunto yo a usted de qué año viene… —comentó por lo bajini riéndose.

¡Así que estábamos en 1920! ¡Qué bien! ¡Qué placer me producía haber viajado al improviso a una década tan querida para mí!

Lo cierto es que en aquel año, el mundo estaba siendo testigo de innumerables cambios. En nuestro país, se habían celebrado dos comicios en los últimos dos años, y la esfera política no parecía estabilizarse del todo. 

A principios de la década, la España de Alfonso XIII soñaba con la modernidad y el progreso, a la par que seguía hundiéndose en los problemas arrastrados durante décadas, como la guerra, el caos político o, más recientemente, la pandemia de la gripe española. Que de gripe española nada, por cierto. Se llamó así gracias a nuestros periódicos, que informaron de la aparición de los primeros casos porque en muchos otros países, inmersos en la I Guerra Mundial, no podían tirarse piedras sobre su propio tejado encendiendo la alarma de una enfermedad que se cobraba a sus muertos como piezas de ajedrez.

Miré a mi alrededor, divertida por la alegría que había en el ambiente, la tenue luz que emitían las farolas… ¡Vaya, así que la electricidad todavía no había llegado a Purchena! Parece que demoraría aún tres o cuatro años. De todos modos, a mí me invadía una bizarra sensación de júbilo, y estaba convencida de que me la transmitían los corrillos de la plaza de Purchena, que comenzaban a disolverse y caminaban por la Plaza Larga hacia una fachada con más faroles encendidos y grandes jarrones con iris y violetas.

Llegué finalmente al lugar donde se agolpaba la gente. Me quedé prendada de los sombreros que llevaban algunas damas, muy pocas entre la mayoría de hombres con gorra y aspecto humilde. Ellas y los caballeros que las acompañaban, pasaron primero al que, al mirar a la parte superior de la fachada, vi que se llamaba Teatro Almanzora. 

Las letras que conformaban el rótulo se disponían espléndidas sobre la fachada blanca en un brillante color verde esmeralda. El sombreado en negro le otorgaba profundidad y elegancia a este maravilloso teatro purchenero del que yo desconocía su existencia. El gran número de asistentes fue reduciéndose al tiempo que todos entraban, y así pude vislumbrar el gran cartel teatral dentro de las vitrinas que había a ambos lados de la puerta de entrada.

Se anunciaba la inauguración del Gran Teatro Almanzora de Purchena.

Junto a una fotografía de una bella señorita, se leía:

Espectáculos Empresa Praga S.A.

«A las siete y media FUNCIÓN EN HONOR Y BENEFICIO de la bellísima y notable Paquita López, artista de mérito excepcional, excelente cante y lujoso vestuario. Espléndida en las canzonetas y el cuplé fino, así como en el canto regional.

Acompañada de Los Valencianitos, orquesta conformada por músicos de calidad sensacional en el Espectáculo AGUA QUE NO HAS DE BEBER, éxito enorme de esta Compañía».

¡Maravilloso! ¡Formidable!—exclamé. Y me dirigí corriendo hacia el interior del teatro, sacando unas monedas de mi bolsita de tela para adquirir una entrada. Reparé entonces en que quizás fuera mejor asistir a la representación  en mi modo de invisibilidad, ya que una muchacha sola en aquella circunstancia podría suscitar miradas incómodas y preguntas indiscretas. “Mejor ahorrarse dolores de cabeza y disfrutar de Paquita López y Los Valencianitos desde el pasillo central, ¡mi sitio preferido!”—pensé.

No os imagináis la ovación que el público de Purchena hizo a los músicos y la canzonetista. ¡Qué calidez de espectadores! ¡Qué generosos siempre hemos sido los purcheneros!

Al salir del teatro, y mientras que muchachos, niños, señoras y ancianos se disipaban, caí en la cuenta de por qué los veinte son unos años a los que va inexorablemente asociado el adjetivo “locos”.

“Espero volver muuuuy pronto”—le dije bostezando al sereno que apagaba las últimas luces de la fachada del teatro.

Ahora sí es hora de dormir.

Buenas noches,

Clarita

Página del diario Eco artístico, 29/2/1920 – Nota de la inauguración del Teatro Almanzora de Purchena

Nota de la autora: esta historia ha sido ficcionada a partir de la nota original encontrada en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España.

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