Mi querida suegra

Mi querida suegra

La noche del 31 de octubre de 1868 llovió como hacía años que no se veía llover en Urrácal. Los ríos de agua bajaban por las calles de arenisca llevándose a su paso riscos del tamaño de la cabeza de un chiquillo. Hacía ya dos días que Juan Reche no podía salir al campo; el pueblo era un barrizal y los accesos a la vega intransitables.

Aquella mañana había mandado a un crío que pasó por su puerta a por tabaco. La desesperación de estar encerrado en la casa de una habitación le estaba carcomiendo. Para colmo, su mujer estaba preñada y no hacía más que sollozar sin poder moverse de la cama.

A eso de la medianoche, los gritos de su mujer alertaron a Juan, que estaba cabeceando frente a la lumbre con un cigarro encendido en la boca. Llovía más que en todo el día. Las gotas eran del tamaño de una almendra y el viento soplaba tan fuerte que Juan se las vio y se las deseó para llegar a la casa de Julia, la partera del pueblo.

Unas horas más tarde, entre los gritos desgarrados de su madre y los truenos en el cielo púrpura, nació Cecilia Reche y Martínez, un rollizo bebé con los ojos tan oscuros como el firmamento de la noche de su nacimiento.

La niña estaba serena ya en brazos de su madre. Juan la miró con un gesto entre asombro y asco, con sus manos aún llenas de sangre. Mientras que pensaba en el fuerte olor a sudor, a sangre y a la placenta, una gota resbaló por la frente de la niña, haciendo que irrumpiera en un llanto ensordecedor que anulaba la tormenta, y que duró toda la noche.

Cecilia se crió sana y llegó a mocica cuando cumplía catorce años. Trabajaba a destajo en el campo con su familia y era una muchacha obediente y de bien. Le gustaba ir a la Iglesia y rezaba el rosario siempre que podía, aunque estuviera molida la mayoría de las noches.

Tenía 27 años cuando se casó y se marchó a Purchena con su marido. No es que a Cecilia le faltaran los pretendientes, y seguramente se podría haber casado mucho antes en su pueblo, pero rezó y rezó por encontrar a algún muchacho de otro lugar, para así dejar atrás la casa que la había visto nacer, pues le provocaba en ciertas ocasiones una náusea que no alcanzaba a explicar.

Cecilia era feliz en su nuevo hogar, y le parecía que su Antonio era un hombre de buen corazón y de buena familia. Antonio quería tener hijos y hacer que su mujer se quedara en casa cuidando de ellos. Soñaba con tener una familia numerosa, ya que él, siendo hijo único, no había podido criarse con hermanos, y sentía un vacío en su interior por esta razón.

Cecilia y Antonio habían estado intentando concebir un hijo desde la noche de bodas, cayendo en la cuenta de su poco éxito cada vez que Cecilia manchaba sus enaguas.

Mientras que Dios no tuviese en gracia bendecir a la joven pareja con un retoño, Cecilia continuaba yendo al campo a ayudar a su marido y a su suegra en las tareas cotidianas. En el verano de 1896, mientras Cecilia recogía algunos tomates del bancal de su marido, se presentó entre las tomateras una alta figura de tez morena y pelo rizado con cien mil caracolillos por lo menos.

La figura, de nombre Mariano, se presentó a Cecilia agitando su mano suavemente, y dijo que venía en busca de Antonio el de la señora María. Entonces Antonio apareció por el camino llamando al desconocido, quedándose ella prendada de sus caracolillos mientras los veía irse hacia el pueblo.

Llegó septiembre y con él el tiempo de la vendimia. Cecilia había pensado en Mariano un par de veces, apagando el rubor de sus pensamientos por lo prohibido que suponían.

— ¡Qué vergüenza, Cecilia! ¡Qué diría Antonio de ti si supiera en lo que te estás convirtiendo!—pensaba para sus adentros.

El trabajo hacía olvidar muchas cosas, también los deseos del alma, y mientras que ella cortaba los racimos de uva, su Antonio había llevado a machihembrar las barricas en las que sus uvas se embarcarían con destino a las Américas.

En aquella tarde de septiembre de 1896, Mariano fue en busca de su amigo Antonio. Se encontró en su lugar a su mujer, que con las primeras gotas de la tarde, se envolvió en los brazos de Mariano mientras que las campanas de la Iglesia de Purchena repicaban en celebración del Dulce Nombre de María.

Mariano no buscó a su amigo por un tiempo, tal era su sentimiento de culpa y de humillación. No dormía por las noches cavilando en su deshonra, reinando en las consecuencias de sus actos. Pensaba también en Antonio, en cómo él pondría las manos sobre su Cecilia, y reviviría cuantas veces quisiera los sentimientos que se apoderaron de él la tarde del 12 de septiembre.

Mariano y Cecilia se pensaban a diario, sintiendo un peso inmenso sobre sus cabezas en cuanto alzaban la vista y tomaban conciencia de quién tenían a su lado. El iluso de Antonio, pobre de su alma; y la suegra María, ennegrecida por la mugre de los fogones, perdía poco a poco la paciencia mientras aguardaba la llegada del niño.

El 25 de abril de 1897 llovía por San Marcos en Purchena. Rara era la vez que no se mojaba la tierra en honor al santo con el león. Cecilia estaba feliz aquel día. La lluvia le traía recuerdos desconocidos, las tormentas de algún modo la tranquilizaban. En torno al mediodía, se acercó al horno a por unos pocos dulces para llevar al campo, donde su Antonio y su suegra la esperaban bajo el cobertizo que tenían.

La lluvia había arreciado y ya sólo chispeaba con suavidad. Estaba ya llegando al bancal cuando la agarraron del brazo y le taparon la boca. Con los ojos como platos, Cecilia miró a Mariano que, con lágrimas corriéndole por el rostro, empezó a besarla desesperadamente. 

Cecilia llegó al cobertizo con los dos hornazos llenos de tierra, alegando que se había tropezado con un pedruscón y que por favor la perdonaran. La suegra supo ver en los ojos de su nuera una culpa más grande que haber fastidiado los hornazos que con tanto esfuerzo habían podido comprar, y no se olvidó de su mirada en los meses venideros.

Llegó el verano y la familia se encontraba de nuevo entre cañas para guiar las tomateras. El calor comenzaba a apretar y las jornadas en el campo empezaban con la fresca para evitar el sol. Al agacharse a por unas cañas, Cecilia se desmayó y cayó al suelo. Nueve meses más tarde, daba a luz a una niña con caracolillos en el pelo.

No hubo tiempo en el pueblo para que comenzaran a escucharse las habladurías de la gente sobre la paternidad de la chiquilla, ni para que la suegra arrancara a la niña del pecho de su madre una mañana y le hiciera la pregunta que todo el mundo se hacía.

Cecilia negó entre sollozos, y afirmó que padre no había más que uno, su hijo Antonio.

La suegra, con gesto grave y mirada histérica, sacó unas tijeras de costura del bolsillo de su delantal, y poniéndolas en la barriguita de la niña, le espetó:

—Haz que en Purchena se hable más de esto, y hago que tengas que ir a buscar a tu hija muerta a la balsa de los señoritos. Haz que mi hijo tenga conocimiento de tu deshonra, y lo siguiente es que te ahogues en la misma balsa.

A Cecilia le paralizó el miedo de que le pasara algo a su niña, y no dormía por las noches con la mirada fija en la puerta de su dormitorio.

Mientras tanto, Mariano no era ajeno a los rumores que se oían en Purchena, y los nueve meses justos que habían pasado desde el día de San Marcos no podían ser casualidad.

Mariano tenía que ver a Cecilia y a la chiquilla como fuera, y así lo hizo la mañana del 12 de enero de 1898. Se aseguró de que Cecilia estuviera sola en la casa y, cuando tocó a la puerta en el momento en que el callejón estaba desierto, ella abrió con la hija de ambos en brazos.

La familia se fundió en un intenso abrazo y, sin mucha dilación, Mariano puso en preaviso a Cecilia. Tendrían que huir en los próximos días si no quería que su familia y su nombre cayeran en desgracia, y para ello tomarían el siguiente barco que partía del Puerto de Almería hacia el Brasil en la noche del 14 de enero.

Solo había una forma de conseguir los reales para comprar los pasajes del barco: poniendo en venta las alhajas de la suegra cuando llegaran a la capital, sin dejar ni rastro de su huída ni del robo.

Aquella misma noche, Cecilia se levantó para ir a la alcoba de su suegra en varias ocasiones. Sus intentos se vieron truncados por el llanto de la niña y por el pavor que le causaba el solo recuerdo de la mirada enfurecida de la señora María.

A Cecilia solo le quedaba una noche para robar las alhajas y huir por la montaña a Almería. O lo hacía ahora, o no habría futuro para su niña, a quien Antonio no quería ver y ya hablaba de abandonar a su suerte a las puertas de una institución religiosa.

En la noche del 13 de enero de 1898, Purchena estaba sumida en una niebla espesa que se fundía con el humo que emanaba de las chimeneas. El frío se colaba por entre las rendijas de las colañas, y ni siquiera las paredes de piedras del río podían detener el helor que arreciaba contra las casas.

Cecilia dejó a su hija dormida a eso de las once de la noche. La niña se dormía profundamente cuando su madre le daba el pecho, y solo movía sus manitas cuando soñaba.

Cecilia abrió la puerta de su habitación con la llave del armario de su suegra empuñada con fuerza. Antonio estaría a estas horas en la posada, ahogando su desdicha y apaciguando el frío en chatos y más chatos de vino.

La suegra roncaba medio ahogada cuando Cecilia le abrió la puerta. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho, sentía que los ojos se le giraban de las cuencas para mirar hacia atrás por si la niña se despertaba y echaba a llorar.

Abrió el armario, sacó el cajón, y por fin llegó al pequeño joyero donde la suegra guardaba sus alhajas: una medalla de oro, dos alianzas y varios objetos de plata. Cecilia lo recogió todo en la palma de su mano y, exhalando un suspiro, se giró lentamente hacia la puerta.

Su suegra estaba sentada en el borde de la cama con las tijeras de coser en la mano. Las blandía con lentitud, y en el rostro comenzó a aparecerle una sonrisa siniestra en un semblante más calmado y frío que la última vez que Cecilia vio aquellas tijeras.

Cecilia mantenía su mirada fija en las tijeras, que brillaban en la penumbra del cuarto. No se percató de inmediato que su suegra se estaba alzando de la cama y que comenzaba a caminar despacio hacia ella. Solo el lloriqueo de su hija la sacó de sus pensamientos y fue entonces consciente de que tenía a su suegra a un brazo de distancia.

Sin parpadear, Cecilia cogió la jarra de agua que había en la mesita de noche, la rompió dándole un golpe en la madera y puso el cristal roto a un palmo de la sonrisa macabra de su suegra.

La niña empezó a llorar más fuerte, y cuando la suegra lanzaba su brazo contra Cecilia, ella le hundió el cristal en el cuello, haciendo desaparecer la risa del rostro de su suegra de un golpe, tras lo cual cayó a la cama, que absorbía la sangre como una esponja.

Cecilia salió de su impasividad al escuchar un fuerte portazo que dejó atrás un sonido de ventisca terrible. Se dirigió corriendo a su cuarto y arrulló a la niña en sus brazos tapándola con varias mantas.

Ahora Antonio estaba bajo el quicio de la puerta. Las manos ensangrentadas como el padre de Cecilia el día de su nacimiento, la misma mirada entre asombro y asco.

Ahora Cecilia contenía las lágrimas y la niña gimoteaba. Antonio se acercó a ellas y le arrebató a la niña de sus brazos.

Le cogió la cara con una mano a Cecilia, dejándola marcada de sangre, y le dijo que se fuera tan lejos donde pudiera si quería que su hija viviese.

Trató de zafarse de Antonio y coger a su hija, pero sintió la punzada de las tijeras en su vientre. Miró a su hija por última vez, creyendo de algún modo que Antonio decía la verdad, y se fue de la casa sin mirar atrás.

Al alba, las campanas de la Iglesia de Purchena tañeron con parsimonia por la muerte de la suegra. Cecilia no llegó nunca a reunirse con Mariano, pues las sombras de la noche la engulleron.

Cecilia ingresó en prisión poco después, acusada de robo y homicidio de su suegra. De su niña del alma, la de los caracolillos, no se supo nada.

O a menos hasta que decida contároslo, mis buenos amigos.

Por el momento, disfrutad de las castañas y los cuentos, que en nada llegará el invierno.

Hasta pronto,

Clarita.

Nota de la autora: esta historia ha sido ficcionada a partir de un suceso real que tuvo lugar en enero de 1898 en Purchena. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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